Ignacio MUCIENTES MUCIENTES

Ingeniero Agrónomo

Decano del COIACLC

 

Es comúnmente repetida la frase que encabeza el presente artículo. Pero el octavo mes del año suele ser la puerta de entrada al otoño y con mucha antelación nos confirma que el verano toca a su fin. Característico es que antes del 15 de agosto, fiesta de Nuestra Señora (como se la sigue llamando en los pueblos), el viento vuelva a aparecer a la caída de la tarde e inicio de la noche para amargar las meriendas/cenas en patios y corrales familiares, de donde viene el nombre que se le da a este viento: “amargacenas”. Días en los que se empieza a notar el cambio de tiempo que se avecina y que permite comparar este mes con febrero porque en ambos la climatología parece “alborotada” y no es reflejo de la estación anual en la que están insertados.

Agosto es el mes en el que paseando por nuestros encinares podemos observar cómo será la cosecha de bellota (“Si por Nuestra Señora no hay en la encina grano, mala cosecha de bellota vendrá ese año”); si hay rocíos en los inicios de las mañanas, malo; por contra, si no los hay, buena cosecha vendrá.

Es también el mes en el que el vencejo nos abandona para volver a sus cuarteles africanos; el abejaruco canta por las tardes y el avión empieza a preparar las maletas; agosto es el mes en que se terminan de segar los trigos, la uva empieza a estar en sazón, y en el que los girasoles y maizales se preparan para ser recogidos a partir de la segunda quincena de septiembre; es el tiempo de recoger la paja y la rastrojera se aprovecha con la oveja; la cobertura se levanta para que el aire y el volteo oxigenen la tierra; en agosto los igualones de perdiz se confunden con los padres; los rayones, ya casi bermejos, son vigilados por la jabalina al iniciar sus primeras andanzas; agosto es el mes en que la coneja no preña y en el que el lebrato gana fuerza; es el periodo en el que los venatores y sus canes tiran algunos tiros a codornices, tórtolas y torcaces.

Agosto, en definitiva, siempre fue un mes clave para lo agrario, al que mucha gente no presta toda la atención que merece.

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