Ignacio MUCIENTES MUCIENTES

Ingeniero Agrónomo

Decano del COIACLC

A mediados de mayo la Comisión Europea dio a conocer dos nuevas directivas sobre la Estrategia sobre la biodiversidad y la de Estrategia de la granja a la mesa. La primera, para hacer más presente que antes la naturaleza y lo que ella implica en nuestras vidas, y la segunda para conseguir un sistema alimentario equitativo, sano y respetuoso con el medio ambienteAmbas se incluyen dentro de la estrategia de lo que se conoce como Green Deal y lo que pretenden es globalizar, armonizar y meter en un mismo pack la naturaleza, el medio ambiente, la agricultura y los agricultores, las empresas y los consumidores en pro de un futuro sostenible y competitivo.

La directiva De la granja a la mesa persigue, entre otras cosas, que los consumidores puedan elegir alimentos de calidad, que redunden en una serie de beneficios saludables para ellos y que se puedan conseguir en los mercados de proximidad a precios razonables en cualquier momento. Para ello, se establecen unos objetivos: reducir un 50% las ventas de antimicrobianos utilizados en la actividad pecuaria y en la acuicultura de aquí a 2030; reducir un 50% el uso de plaguicidas químicos para 2030;  reducir un 50% el uso de plaguicidas más peligrosos para 2030; reducir las pérdidas de nutrientes al menos un 50% sin alterar la fertilidad del suelo y reducir el uso de fertilizantes al menos un 20% para 2030 y por último, alcanzar en 2030 que el 25% de las tierras agrícolas sean de tipo ecológico.

A mayores se proponen una serie de medidas como la creación de un entorno alimentario saludable para que la elección saludable y sostenible sea la más fácil; etiquetados de los alimentos que capacita a los consumidores para que elijan dietas saludables y sostenibles; intensificar la lucha contra el desperdicio de los alimentos; inversiones en I+i por valor de 10.000 millones de euros en el marco de ‘Horizonte Europa’ y promover la transición mundial.

Es cierto que la preocupación por el medio ambiente es un tema que nos compete a todos y que se ha puesto en valor en los últimos cinco lustros; el cambio climático, la contaminación de los océanos, la pérdida de biodiversidad y la destrucción de numerosos hábitats, entre otras causas, ha hecho que las medidas que ahora anuncia la Comisión Europea cojan fuerza y que se impulsen desde el seno de la actual UE. Un hecho innegable es que determinadas acciones que se han realizados desde los sectores secundario y ciertas prácticas que se realizan en los diferentes pilares del subsector agrario han producido una serie de daños en el medio ambiente importantes que entre todos debemos de corregir con el objeto de dejar un mundo mejor a las generaciones venideras.

Desde un punto de vista subjetivo, contemplo esta estrategia como un documento político, en el que, para variar, brillan por su ausencia los conceptos técnicos y científicos que salta a la luz en la peor época posible (en plena pandemia del SARS.COV.2). Sabido es que el papel lo aguanta todo y que esta declaración de intereses políticos es considerada como un documento más, sin substancia, sin calado, sin profundidad y sin bases sólidas sobre las que poder cimentar el posterior edificio.

Todos saben que en una explotación agropecuaria hay una serie de inputs necesarios e insustituibles para poder producir. Por ejemplo, para obtener 1 kilo de trigo hay que poner en juego fertilizantes (orgánicos y/o inorgánicos), herbicidas, operaciones culturales, mano de obra, etc. Llama la atención que se quiera reducir el uso de fertilizantes al menos un 20% y un 50% el de plaguicidas químicos, pero que no se nos diga cuáles son las alternativas para producir un 1 kgr de trigo sin tener herbicidas y fertilizantes. De la misma manera podríamos decir de la ganadería: determinadas patologías no pueden eludir el tratamiento químico (al menos por el momento); por tanto, reducir un 50% las ventas de antimicrobianos, es cuando menos un gran deseo que por el momento no va a poderse hacer realidad.

De igual manera podríamos definir la mal llamada agricultura ecológica cuando lo propio sería hablar de orgánica, o bien de biológica para la ganadería. Es una actividad muy interesante con un nicho de mercado que sigue creciendo y ganando adeptos. Pero de ahí a pretender que en 2030 exista un 25% de la superficie en producción ecológica suena poco creíble; más que nada porque ésta se presta con éxito en determinados sitios y no en todos, al igual que pasa con la agricultura convencional.

Resumiendo: el papel lo aguanta todo. Como declaración de intenciones este documento está muy bien. Ahora, lo que hace falta, (que nuevamente se echa de menos en estas dos estrategias comentadas) es que las propuestas se fundamentos en hechos creíbles y no hipotéticos.

Opiniones
  • Román-Sabas Pedrosa Alonso
    Responder

    Estimado Ignacio:
    En general estoy de acuerdo con lo que expones.
    Estamos inmersos en una guerra soterrada entre ecologistas y lo que yo llamo agraristas, entre los que me encuentro, que queremos una agricultura productivista, con explotaciones viables, compatibles con una preocupación permanente por el medio ambiente, para dejar un entorno mejor, o por lo menos igual, al que hemos recibido.
    Esta batalla la están ganando los ecologistas y soplan malos tiempos para los agricultores y los ganaderos, españoles y de la UE, entre otras cosas, porque los que legislan no conocen la realidad del sector, ni las trascendencia de las normas de obligado cumplimiento que generan y en estos momentos tenemos muchos ejemplos de todo ello.
    Legislación racional si, pero también soluciones alternativas, para poder sustituir aquello que va a desaparecer …
    De momento no añado más a este comentario, a pesar de lo que me pide mi mente.

Deja tu opinión